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Marta Fernández

Lost in translation o de por qué volvería a Kastanienhof a pesar de todo

Los alemanes en las despedidas dicen que siempre volverás a encontrarte con una persona al menos una vez en la vida y, aunque sea una afirmación difícil de creer, resulta bastante reconfortante. Sabes, sin embargo, en el fondo, que te cruzas con personas en el camino que formarán parte de tu vida tan sólo un instante, que en unos meses habrán desaparecido hasta de tu pensamiento, tan fugaz su paso por tu vida como el tuyo por el mundo, y aunque deberíamos estar acostumbrados a la temporalidad que todo lo invade, entristece, como siempre que recordamos que nada sobrevive al tiempo.

Será la condición innata del ser humano de gozar lamentándose, o nuestra capacidad casi instantánea de traer a la memoria los buenos momentos y enterrar los malos, o nuestra extraordinaria capacidad de adaptación al medio y condiciones, que sólo unas horas después de abandonar la granja alemana de Kastanienhof ya echaba de menos.

Emma, la cerda doméstica nos había dado la bienvenida hacía dos semanas. Como todo cerdo doméstico, era la envidia de todos los que allí estábamos, no sólo tenía su propio cuarto para los momentos de reflexión y soledad, sino que a su antojo paseaba buscando en todo momento algo que llevarse al vientre y alguien que le masajeara la barriga. Esta vida de deidad nos la restregaba Emma cada día desde las 7.30 de la mañana, que debíamos estar en pie y con la pala preparada, hasta las 16 que, en principio, y si no había cemento que se secara de por medio, terminábamos la jornada de peón.

La granja distaba algo de ser idílica, si bien tenía un encanto especial que evidentemente no residía en la caja de madera apestosa con agujero que hacía las veces de retrete (exactamente igual que las de los hopi, el mismo sistema), y que estaba bajando una cuesta (no muy espinosa, pero extenuante al fin y al cabo), sino tal vez al emplazamiento y a las ganas de no sufrir demasiado.

Ahora sé que a la suciedad perenne se acostumbra uno (si bien no encontré gozo en ello). Las arañas inmensas, bichos e insectos no identificados pululando entre los colchones, las ratas y sus consabidas mierdecillas en la almohada, y el polvo denso como el metal bañando todos los rincones de la zona habitable, el primer día ya eran tema superado. El retrete alejado de la mano de dios, y esa motivación inexplicable e inconsciente que se traducía en constante sensación de vejiga rebosante, fue más difícil de sobrellevar, sobre todo durante la noche, atravesando el camino en total oscuridad con la posibilidad de cruzarte con uno de los cerdos (no domésticos, sino comestibles) y gigantes y chillones (como ocurrió una de las noches en las que estuvo a punto de darme un ataque al corazón, y al cerdo creo que también). Y el cargar durante horas piedras y leña, mezclar cemento (ingentes cantidades, interminables sesiones venenosas), y el cansancio físico intenso llegaba a ser en ocasiones hasta gracioso, como de risa floja, tembleque de músculos, mareo y agujetas en lugares de cuya existencia jamás antes había tenido constancia.

Sin embargo después de la partida me faltó el verdor de la explanada de la finca y el infinito horizonte escondido tras las montañas tapizadas de castaños, las copiosas comidas en inglés (porque el recuerdo parece tornar el alemán en inglés y vivificar mi entendimiento), y los zumos de manzanas de la huerta, los baños domingueros en el lago, los paseos eternos entre las ortigas y las estruendosas tormentas en el banco al anochecer, pero sobre todo, la convivencia sosegada entre quienes no conocen los respectivos pasados y el entendimiento entre gente procedente de distintas culturas.

Porque no es cierto que volveremos a encontrarnos (no necesariamente, al menos), porque ya sólo queda el recuerdo, y en lugar de mirar atrás, mirar hacia delante, y el futuro se presenta vacío de todo lo acordado en el ardor del momento, de mantener el contacto, hasta de recordar la coyuntura efímera que por casualidad compartimos.

Y no resulta fácil crear un vínculo con alguien con quien no compartes ni el idioma, pero cuando ocurre, no está ni la ayuda de la lengua ni su manipulación, su facilidad de engaño, sólo la expresión, los gestos, la mirada, la sonrisa y el tacto, la interacción no verbal.

by Marta Fernández, Spain


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