La Tazuela Viajera
Querida amiga,
Hoy es mi último día de trabajo y, supuestamente, mi último desayuno aquí.
Quizás aun recuerdes cuando mi cara y la de mi compañero morito aparecían por aquí.
¿Te acuerdas? A lo mejor no. Ya hace una vida que nos conocimos.
Ya sabes lo que me gusta, por la mañana y por la tarde.
Ya sabes que trabajo en la investigación, aunque sea una media mentira. Por cierto todo el día busco cosas a las que, todavía, ¡no he encontrado el sentido!
Somos los amigos de la sonrisa de los buenos días. Amigos de mirada.
Amigos del bar, que lo dice casi todo.
Cuando el cielo es oscuro y la mañana necesita aun bastante para llegar, tú ya estás trabajando. Desde la seis y media de la mañana mucha gente aparece por allí, cada uno a su hora.
Como muñecos recortados de cartón, se alternan uno tras otro con sus pedidos y sus caras, tal vez alegres, tal vez problemáticas. Tal vez, simplemente dormidas.
Entre los tantos muñecos que huelen a pan se esconde esta historia, que a lo mejor…te suena.
El primer día de trabajo es un doble bautizo.
Tú esquina y tú mesa, protagonizarán las horas de producción y tu bar, las del merecido relajamiento diario.
La mesa y la esquina no la elegí, ni tampoco el bar. Simplemente, por casualidad, me quedé con “el bar de enfrente”.
Casi inmediatamente, después de la primera tostada con jamón, me enteré que en este bar, dirigido por la voz firme de una mujer severa, había una señorita que velozmente se deslizaba entre tazas y pedidos pendientes. Me encantó verla trabajar y fijarme en todos los pequeños e imperceptibles movimientos de su cara, mientras que las manos, adobadas por tazas y cambio, batían el aire.
Apoyándome en la barra exterior, en las mañanas generosas de un calientito noviembre sevillano, entré en el listado de los clientes. Entramos yo y mi colega egipcio Sameh.
A veces, la veía descansar unos segundos apoyada a la maquina del café, entretenida con el chorro negro y caliente que llenaba el vaso.
A veces, por desgracia, no estaba y la gente sentada fuera en las mesas parecían hojas marchitas en la sequía. Hablaban con sus caras tristonas y voz descolorida.
El día siguiente, antes de asomarnos a la ventanilla del pedido, Sameh y yo, mirábamos la gente: si estaban felices y hablaban agitando las manos, pues ella estaba. Si no, de nuevo se planteaba la posibilidad de un día triste y gris.
La mayoría de las veces, su perfil menudo aparecía atrás de sus colegas en su camiseta roja y sus vaqueros azules.
El boli en el bolsillo de atrás.
Sameh me miraba alegre ¡Hoy está, la gente es “felis”! Y os poníamos de buen rollo a esperar el momento del pedido.
Lo peor era que ella se quedaba al fondo del lienzo y todo se pintaba de colores trágicos con la aparición de la mujer de acero, enorme, en la ventanilla para los pedidos del exterior.
Inútil decir que la cara y el acento moro de mi amigo no le caían nada bien y siempre, el pobre Sameh tenía que repetir su pedido en un atmosfera de terrorista arrepentido.
Para la dueña y señora del cuarto Reich no se admitían cambios. Lo de siempre es lo de siempre. Cambiar necesita energía, y ella no tenía ninguna gana de gastarla.
Inútil pensar demasiado. Habría decidido ella en cualquier caso, echándonos encima su mirada afilada.
Detrás de sus gafas se vislumbraba su belleza pasada, enterrada por esta repetida cotidianidad a la cual ella le había voluntariamente puesto el nombre de “VIDA”.
Me hacía gracia verla siempre enojada y cerrada al buen vivir. Ni una sonrisa. Ni un chiste. Simplemente siguiendo su código de trabajo. Reglas esculpidas en la roca.
¡DO’ MOLLETE…Y UNA MEDIA DE QUESO FUNDIDO CELINA! Ladraba con voz penetrante, un taladro que llegaba hasta la esquina mas escondida de la cocina, donde vivía Celina, la tostadera.
Por cierto, estos momentos difíciles de contacto con la jefa duraban muy poco y nosotros dos, pobres extranjeros, podíamos sentarnos tranquilitos en frente de nuestros desayunos.
Las mañanas en las que asomarse significaba no caer en la trampa de la jefa pidiendo lo más rápidamente posible eran las que, para atenderte, estaba mi camarerita, espejándose en la felicidad que salía de los que estaban sentados al exterior.
El rocío perfumaba el aire, encontrándose en su primero rayo de sol.
Nos lanzaba un ¿Qué os pongo? dejando que su sonrisa se expandiera a lo largo de sus rasgos.
Entre su pregunta, y cualquier otro sonido pronunciado por mi boca…un pozo sin fin.
Un mar de dudas y posibilidades que colgaba a medias entre la realidad y los sueños escondidos.
Ojeadas furtivas.
Un viaje con los indios paraguayos dibujado por un lápiz morenito.
Instantes robados a la espera para dilatar el placer de tenerla en frente, atendiéndome, sin que nadie hubiera podido disuadirla de esta tarea.
Saboreaba cada partícula de aire que os rodeaba, intentando alejar el momento en el cual tenía que declarar mi rendición: ¡Una entera y un cortado por favor!
Y ya había desaparecido para cumplir su trabajo, dejándome a la espera de nada en concreto, sino la comida.
El pan crujiente desaparecía rápidamente y mi colega, se reía sorprendiéndome atisbando hacia la barra, más allá de la ventanilla.
Lanzaba migas a los pájaros, compartiendo con Sameh y con ella, el placer de ver estas criaturas luchar por algo tan insignificante.
Intentaba informarla con miradas al mazapán, enterándome que no era posible, demasiadas cosas os dividían.
Si las contamos y las ponemos alineadas en el suelo, las tazas de café que has preparado llegan hasta al último cabo de Portugal amontonándose en la playa bajo el acantilado.
Entre ellas, una tazuela viajera.
Muy pronto se montará en un barco y cruzará hacia el oeste, enlazando las promesas del mundo nuevo con las mohosas certezas del mundo viejo.
Los pájaros seguían la lucha sin fin y ella, añadía otra tazuela a la cola.
Hoy, en mi último día, con la cara apoyada en mi tacita de café cortado, me dejo mecer por tus movimientos ligeros y recuerdo, mezclándolas, todas las fracciones de parloteo entre nosotros.
Nada importante para nadie, aparte para mí, que las guardo todas como perlas preciosas, en una cajita nombrada “Sevilla”.
No he tenido nunca el valor de invitarte a patinar o a dar una vuelta por el parque.
Habría podido sacar una flor de la manga y ofrecértela, sin pensar en las risas de tus colegas al ver la escena.
Lo siento, ese valor no lo he tenido.
Pero si he tenido el gusto y la felicidad de escribir esto para ti.
Así que la próxima vez que veas una chispa, aun sea muy pequeña,
¡te alegrarás que algo está pasando!
by Antonio Cutro, Italy
November 17, 2010 | Categories: Antonio Cutro | Tags: Español, Italia, Spain | 6 Comments »



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