Utopía argentina
La utopía es un horizonte. Si caminas diez pasos ella camina diez pasos. Si caminas veinte pasos, ella va veinte pasos más allá. ¿Para qué sirve entonces la utopía? Para eso sirve, para caminar.
En la pantalla de mi retina había aterrizado en ese aeropuerto cientos de veces. Entre todas ellas, la que pisé suelo argentino con mis propios pies, aquella en la que no corría el riesgo de que el despertador sonara y las imágenes se desvanecieran lentamente, fue la más difícil.
Un punzante dolor en la sien apareció cuando la señal del cinturón se iluminaba. El Río de la Plata nace frente a mí, pero toda mi energía está concentrada en ese dolor que crece y crece. Y cuando mi cabeza está a punto de estallar, las ruedas entran en contacto con suelo argentino y ese fue el mejor sedante. Más tarde, mientras luchaba para que en la oficina de maletas perdidas tomaran nota de mi dirección, o mientras trataba en vano de ponerme en contacto con la persona que llevaba esperando varias horas tras la puerta de llegadas, no tuve tiempo ni ganas de acordarme de esas punzadas, que poco a poco iban remitiendo. ¿Sería ese mismo dolor el que sentí veintitrés años atrás mientras salía lentamente del vientre de mi madre? ¿Sería esa mi nueva bienvenida al mundo, al mundo del Sur?
En los instantes siguientes recibí una tormenta de estímulos, de bienvenidas, de nombres propios e impropios, de imágenes en blanco y negro, de miradas recelosas, de olor a pollo hervido, de besos y sonrisas. Aprendí lo que era un “quilombo” y una “patente”. También tomé mi primer mate. Ante esa tormenta me olvidaba constantemente de que aquella utopía de adolescente había dejado de serlo.
Cuando salió la luna y por fin cerré los ojos me vinieron a la cabeza unos naipes gigantes que se deslizaban sobre un enorme tapete verde. Aquel día se repartieron las cartas para jugar esa partida que duraría todo un año. Una partida que sería una de las más importantes de mi vida.
A la mañana siguiente desperté con el aleteo de un ventilador imprescindible. Mis ojos tardaron varios segundos en enfocar. Mi mente tardó algo más en reconocer aquella habitación de hostal como mi refugio en las próximas semanas. Monté en un viejo autobús que una hora después me dejaba a las puertas del Hogar. Allí trabajaría todo un año, con esos dieciséis chicos, y con sus dieciséis historias. Historias con alma. Historias como esa sombra a la que de pequeño trataba de esquivar en las tardes de verano. Tal vez por esa sombra (que tampoco pueden esquivar) cierran con llave su confianza. Y sus palabras. Y sus sonrisas.
Así empezó mi labor de cerrajero. Y lentamente los chicos fueron abriendo sus puertas. Elena me habló de sus noches en la calle. Había vivido demasiado rápido. Los más pequeños de la casa reclaman mi presencia. Una partida al pajarito inglés es su mejor regalo. Antes de acostarse quisieran ponerse al día con los cuentos que nunca les leyeron. También ellos habían vivido rápido, y cuando se vive rápido no hay tiempo para cuentos.
Buenos Aires me espera, como una gran tarta a la que no sé por dónde dar el primer bocado. Esa ciudad a la que había deseado tanto ir, en la que había paseado con los ojos cerrados y una neblina mágica. Buenos Aires sería parte de mí durante todo un año. Y yo prometí ser parte de ella. Una tarde, en el viejo metro de madera que recorre sus tripas, sellamos en secreto nuestro pacto.
Llegó la Navidad. El calor no da tregua pero Papá Noel lleva su casaca roja también en el Sur. En Nochebuena no hubo champagne ni salmón ahumado ni caviar. En cambio hubo ensalada de patatas, muchas risas y una felicidad que me hacía sonreír a cada instante. El día de Navidad tampoco apareció el caviar, ni siquiera el salmón ahumado; en cambio tuvimos juegos en el parque, un sol radiante y una piscina azul. ¡Qué pena de piscina! Por entonces mi maleta seguía visitando aeropuertos con mi bañador adentro.
La vida pasa lentamente en Argentina, a ritmo de ese viejo bus que cada tarde me deja en el hogar. Concentro mis esfuerzos en apoyar a los chicos a que recuperen las asignaturas que suspendieron. Siempre hay tiempo para jugar – y perder – una partida al futbolín. Y para merendar pan untado con dulce de leche mientras hablamos y hablamos. Ya es de noche cuando salgo del hogar para regresar al hostal. Está oscuro y los chicos me dicen que tenga cuidado. Ha sido un día agotador y tengo ganas de llegar a mi habitación y darme una ducha. Cuando abro la puerta todo está patas arriba. En realidad, todo menos el ordenador portátil. Voy rápido a la maleta. No, no está. Se esfumó también el dinero de dos meses… Me siento impotente. Salgo al balcón a respirar. Al día siguiente visité una comisaría anclada en los primeros años del siglo pasado. Por lo menos, esa mañana apareció mi maleta. Menos mal que la ilusión la llevaba conmigo y no alcanzaron a robármela…
Me encanta ese momento. El sol se debilita por segundos. Un vecino toca el bandoneón en la puerta de su casa. Le sonrío. Me sonríe. Llego a las puertas del colegio. Del letrero que indicaba su nombre solo quedan un par de letras. Hay un papel en la puerta. “Rogamos a los padres que traigan lejía y otros artículos de limpieza para desinfectar el Centro. La Dirección”. Los chicos salen de clase como si se tratara de una procesión, con la maestra en cabeza. Juan sale el último. Me saluda. –Estos dibujos son para vos, los pinté en el recreo.
Pronto encontré un pequeño apartamento. Y mi lugar en ese mundo sureño. El calendario cada vez tiene más prisa, devorando los días. Ese sería mi peor enemigo. En mis manos estaba disfrutar cada instante.
Buenos Aires me mata. Me matan sus librerías de viejo, su metro de madera, sus cafés con olor a tango. La luna vigila sus largas avenidas y los coches transitan por ellas como manadas hambrientas. Un grupo de jazz toca en la calle. Entro a un viejo teatro. Tal vez no hubiera sido necesario. Sin duda es mejor el guión de mi propia vida.
El teléfono interrumpe la reunión semanal de equipo. Agradezco el descanso porque ya llevamos varias horas debatiendo. Compartimos el mate y nuestras opiniones sobre la casa. “Tendríamos que comprar más verdura” o “Les tenemos que pedir un esfuerzo en la escuela” –Elías necesitaría una actividad. -¿Qué les parece un deporte? –Yo me encargo. Días después nos presentamos juntos al primer día de entrenamiento. El resto de chicos del equipo de rugby tenían zapatillas de marca y sus papás les acompañaban en coches de alta gama. Elías no tenía nada que ver con sus nuevos compañeros pero algo me decía que en aquellos momentos era más feliz que todos ellos. Yo le miraba sentado en la hierba. No es capaz de controlar el balón pero el entrenador le dice que siga así. Sonríe, orgulloso. Me busca entre los padres y levanta la mano. Yo también sonrío, sí, yo también estoy orgulloso. Cierro los ojos y deseo con todas mis fuerzas que ese momento no se acabe nunca.
– A las diez y cuarto en la estación. –Allí estaré. El rostro de Leandro se adivinaba al otro lado del cristal. Al bajar de aquel bus sus ojos se iluminan cuando me reconoce entre la muchedumbre. Esta vez sería yo su anfitrión. Iba a ser su día y quería que todo saliera perfecto. Cociné tortilla española, ese manjar que me hacía volver a mi tierra, aunque para ellos solo fuera “la cosa española con huevo y patatas”. Jugamos a las cartas y aprendió algunos acordes de guitarra. Comimos helado y nos dejamos caer por una vieja feria de atracciones oxidadas. Le acompañé a la estación para que regresara al Hogar. Se sentó en el mismo lugar. Yo le miraba desde el andén. Llevó su dedo al vidrio y escribió “Gracias”.
Mi escuela particular fueron todos esos corazones que me encontré en el camino. Todas las conversaciones alrededor de un fuego. Todos los lugares que conocí en este tiempo. Pasé frío en las profundidades de la Patagonia. Masqué hojas de coca en las llanuras andinas. Viajé en abarrotados trenes junto a señoras que vestían sus trajes bolivianos. Me volví loco al ver las Cataratas del Iguazú. Disfruté de los atardeceres uruguayos. Ascendí con mis propios pies hasta lo más alto del Macchu Picchu. Pero sobre todo, fui feliz.
Es domingo, una tarde gris. Gris como los rostros de esos cuatro hermanos que de vez en cuando pasan por el Hogar pidiendo algo con lo que matar el hambre. Ellos no tienen la suerte de vivir allí. Nos esperan en la puerta, mirando la mercancía que cargamos en las manos. – Aquí tienen chicos. -Le agradecemos mucho, señor. Y los cuatro pibes desaparecen al doblar la esquina. Al cabo de unos minutos el timbre vuelve a sonar. Desde la distancia veo como se sortean quien tomará la palabra. Pierde la pequeña. Su voz tiembla al pedir algo caliente. Los chicos del hogar comen tortas fritas para la merienda. Al volver a la cocina en busca de las tortas me invaden las preguntas, mientras nuestros chicos toman café con leche y miran televisión. ¿Por qué estos sí y aquellos no? Las tortas fritas desaparecen en instantes. Otra de las hermanas susurra que llevan dos días sin comer. Los cuatro van descalzos. -¿No tienen zapatillas?-. El mayor saca unas de una bolsa. Están rotas, muy rotas. Estallan en carcajadas. Nosotros también reímos. Desbordan inocencia y felicidad. No veía unos niños tan felices hacía mucho tiempo. ¿Cómo se llaman, chicos? Alexis, Melina, Araceli, Princesa. Juegan entre ellos. ¿Van a la escuela? Sí, sí, sí, yo no. ¿Por qué no vas a la escuela, Araceli? Porque no tengo un cuaderno. Terminan las risas. Se está haciendo tarde. Gracias. Esperen. ¿Vos querés ir a la escuela? Sí. ¿De verdad? Sí. ¿No te vas a comprar otra cosa con estos dos pesos? Alexis me promete que su hermana se comprará el cuaderno. La cara de Araceli es otra. La nuestra también. Gracias, gracias, gracias. Nos saludan desde la esquina con la mano. Y al entrar al hogar me da por llorar… Una semana después, el timbre sonó de nuevo. Era Alexis. – Señor, tengo algo que decirle. Araceli se ha sacado un ocho en la escuela.
Desde ese aeropuerto, a punto de embarcar, rescaté de mi memoria aquella tarde gris. Y un nudo se me puso en la garganta. Sería muy duro desprenderme de esa vida que un día dejó de ser un sueño. Cada abrazo de la noche anterior había sido doloroso aunque me prometí no dejar de sonreír. Para viajar me habría bastado con una tarjeta de crédito. Pero no, yo no quería eso. Yo no quería viajar, sino ser parte de algo. Hoy solo me quedan estas líneas y el recuerdo, el recuerdo de un voluntario feliz.
by Julián Arranz Sanz, Spain



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